jueves, junio 23, 2005

En busca del Papayo (1)

Quizá como nadie, Félix González "El Papayo" conjunte en una sola persona lo mejor y lo peor que puede tener un hermano marista.

Un poco de background: los hermanos maristas son una orden religiosa fundada en el siglo XIX en Francia por San Marcelino Champagnat, dedicada a la educación y que en nuestro país se ha dedicado durante más de 60 años a formar a los hijos de la oligarquía.

Son cientos los mexicanos "distinguidos" que han pasado por sus aulas. Políticos, escritores, algunas figuras del espectáculo y muchísimos empresarios, un conjunto irregular y lamentable. Después del PRI y Televisa, los ex alumnos de los maristas son lo que más daño le ha hecho a México.

Entre ellos, me incluyo. Muy a mi pesar (generación 1990 del CUM, junto con --of all people-- gente como Federico Döring y Yordi Rosado. Go figure).

El porqué si mis papás eran de vocación tan liberal Alfredo y yo acabamos en un colegio católico para puros hombres sigue siendo un misterio para mí. Pero no tenía otra referencia y pensaba que ESO era la escuela. A Alfredo, afortunadamente, lo corrieron en tercero de secundaria. Le hicieron un favor.

Pero me estoy desviando.

Hace falta volver casi 20 años. En 1986 yo entraba al último año de la secundaria, al salón 32 del Colegio México Acoxpa. Mi titular era Don Félix "El Papayo" González, un hermano español que nos daba la clase de literatura.

Nunca me distinguí por ser buen alumno, una sola vez, en la primaria, figuré entre "los 12 mejores", que eran algo así como el cuadro de honor, una metáfora sobre los apóstoles de Cristo (güeva). Pero fui lector desde niño. Por eso, la clase de literatura siempre me interesó, sólo para descubrir que los programas escolares están hechos para que a los chavos aborrezcan leer.

El Papayo era un buen profe. Había dado clases en la Universidad y me parece que era un lector plural. Pero con un criterio muy... pues sí, de moral católica.

Nadie es perfecto, pero si no hubiera dado clases de religión y moral, hubiera sido el profe perfecto. Un tipo con gran vocación, con un amor inmenso por sus alumnos.

Yo salí de la secundaria y seguí la prepa en el CUM, le perdí la pista al Papayo (los hermanos son removidos cada tres años o algo así de los colegios) y seguí con mi vida.

Y entonces pasaron 20 años. Se fue el siglo, cayó el muro de Berlín, se desmoronaron la URSS y las torres gemelas, y hasta el papa se murió cuando, en una de esas vueltas que da la vida, me encontré llevando mi portafolio de ilustrador, de todos los lugares del mundo, a Editorial Progreso, propiedad de los malditos maristas.

Estoy seguro de que hasta aquí debo sonar como un amasijo de contradicciones. En mi balanza, el odio le gana al amor respecto a los religiosos que me educaron, pero no pude evitar preguntar al hermano con el que me entrevisté si el Papayo aún vivía.

Y así es. Y no sólo eso, ahora está en la escuela donde hice la primaria, en Mérida 50, colonia Roma.

¿Cometería la cursilería de llevarle mi último libro a mi profesor de literatura de la secundaria? ¿LLegaría a decirle "mira, Félix, fui tu alumno y ahora me he convertido en escritor"?

Sí, lo hice.

Pero se los seguiré contado en la segunda parte de esta historia.

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