lunes, noviembre 07, 2005

"Buñuel tiene razón...

Cuenta Luis Buñuel en su libro de memorias, Mi último suspiro (qué gran título), la siguiente anécdota:

En cierta ocasión se hallaban reunidos Federico García Lorca, Salvador Dalí y el propio Buñuel. Imaginen la escena.

García Lorca leía a sus amigos su última obra, titulada Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín.

Cuando Federico acabó, emocionado hasta las lágrimas, les preguntó:

--Bien, ¿qué os ha parecido?

En ese momento cayó un silencio estrepitoso, incómodo. García Lorca sólo alcanzó a buscar con la mirada a Buñuel, quien sin dudar le dijo:

--Es una mierda.

Lorca, el gran poeta de la guerra civil española, el más importante dramaturgo español de la primera mitad del siglo XX y autor favorito de Leonard Cohen se quedó congelado. Buscando ayuda, volteó hacia Dalí, quien remató:

--Buñuel tiene razón. Es una mierda.

En aras de la justicia, Lorca no sólo es un poeta sublime, sino que además el muy maldito se dio el lujo de adelantarse por lo menos un par de décadas a sus conteporáneos. Como evidencia, ofrezco el siguiente texto, tomado de su libro Poeta en Nueva York (1930), que Allen Ginsberg hubiera querido poder escribir en los 50:

New York

Oficina y denuncia

A Fernando Vela

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros
en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados
y distancias inasibles
en la patita de ese gato
quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas
por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer?, ¿ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera
y bocanadas de sangre?
San Ignacio de Loyola
asesinó un pequeño conejo
y todavía sus labios gimen
por las torres de las iglesias.
No, no, no, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.


Oh, boy,

Debo confesar que desde el nombre, Federico García Lorca me sonaba a un poeta mamón y aburrido. Mi abuelo recitaba de memoria el Romancero gitano, lo cual aumentaba su índice de uncoolness. Pero cuando descubrí este texto y luego el libro completo, me enamoré de su obra poética. Ya lo he dicho, soy un lector de poesía de clóset.

Y aunque nunca he leído Amor de Don Perlimplín..., confío en la opinión de Buñuel y Dalí. Por algo se publicó póstumamente...

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